En la segunda mitad del siglo XVIII, Alemania disponía de las instituciones académicas más numerosas y con mayor prestigio de Europa. Sus universidades y centros de formación eran modelo de excelencia en el desarrollo científico. Francia, por su lado, aportaba las invenciones más complejas y espectaculares, superiores incluso a las propuestas británicas. Sin embargo, fue el Reino Unido el germen de un conjunto de transformaciones que definieron el proceso de industrialización general, ejemplo para el resto del mundo. Gran Bretaña poseía un comercio pujante con las colonias de ultramar y una vigorosa economía, con el mayor rendimiento per cápita de toda Europa, lo que le permitió alzarse en el país promotor de la Revolución Industrial, hito histórico que da comienzo a una nueva era mundial.
Más de dos siglos después, los países desarrollados se encuentran ante un reto continuo. El cambio vertiginoso que representa el avance científico y su cada vez más inmediata repercusión en el desarrollo técnico somete a las sociedades industriales a una tensión constante consecuencia de una variación extrema y una mayor exigencia en cuanto a su conocimiento y uso. Las nuevas tecnologías son herramientas al servicio del ciudadano; sin embargo, no en pocas ocasiones es el individuo el que está sometido a ellas. La tecnología es nuestro mayor aliado, pero también puede convertirse en nuestro peor yugo. La aparición de la llamada brecha digital es, quizás, la consecuencia más indeseable de la nueva economía, la economía del conocimiento y las comunicaciones: la economía de Internet.
Aquellos países que apuestan por la tecnología recogen la recompensa de aumentar el nivel de vida de sus ciudadanos. Frente a ellos, en el otro extremo, se encuentran quienes hacen un uso pasivo de ésta. Son comunidades que sólo utilizan aquello que otros diseñan, sociedades destinadas a no tener influencia en el mercado tecnológico y, por tanto, en la economía mundial.
Las decisiones de repercusión universal se generan, también, en los centros de investigación y desarrollo, aportando avances tecnológicos de carácter estratégico para gobiernos y empresas multinacionales que les permite tener una posición dominante en el escenario internacional. Los principales organismos de ámbito mundial, como la OCDE y el Fondo Monetario Internacional, han considerado como “crucial” las aportaciones de las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) para el crecimiento económico de los países miembros en este principio de siglo. La tabla 1 es un claro ejemplo. Nos muestra la contribución de las TIC en la economía de los países más importantes del mundo en las últimas décadas y cómo éstas han aumentado su influencia en todos los casos.
Son las universidades, los organismos públicos y las empresas de naturaleza privada quienes han de propiciar, en algunos casos, y recoger, en todos, el clima adecuado para ser el germen de la nueva economía tal como Gran Bretaña lo fue para la Revolución Industrial. Los nuevos hallazgos científico-técnicos no son más que el resultado de un entorno laboral y social propicio, en el que la tecnología es el aliado perfecto para la imaginación humana. Sólo aquellos países que asumen la carrera tecnológica como un desafío a su capacidad de liderazgo y no como meros espectadores podrán recoger los beneficios del cambio que supone toda revolución.
El desarrollo de programas para ordenador es una disciplina de innegable trascendencia para cualquier actividad en la sociedad actual. Los equipos informáticos, el hardware, quedarían relegados a un conjunto de circuitos electrónicos y cables de todo tipo sin utilidad alguna sin el concurso de los programas informáticos. El software controla desde los más complejos sistemas robotizados de las sondas espaciales hasta el reloj de cuarzo de nuestra mesilla de noche.
Crear software es un trabajo complejo. En los comienzos de la informática, el programador era un verdadero artesano. Creaba aplicaciones bajo demanda, las probaba, verificaba y corregía hasta obtener un código sin errores. Eran programas codificados bit a bit, como si de un complejo puzzle binario se tratara. Pero la evolución del hardware fue vertiginosa. Los equipos eran cada vez más rápidos y eficientes pudiendo procesar datos y sentencias más complejos. Sin embargo, la programación seguía desarrollándose bajo la dirección de técnicos multidisciplinares de un alto nivel intelectual, verdaderos genios que realizaban programas más complicados pero sin estándares de trabajo ni metodología contrastada. En este contexto, los programas se entregaban fuera de plazo, con graves errores y un coste muy superior al pactado. La situación llegó a tal extremo que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) convocó en 1968 la conferencia de Garmish, en Alemania. Más de cincuenta expertos de todo el mundo debatieron la solución a la denominada crisis de la programación. La conclusión fue tajante, y uno de los más importantes hitos para la joven disciplina informática: la creación del concepto ingeniería del software.
La evolución del software pasaba por alcanzar un grado de madurez similar a los conseguidos por otras disciplinas técnicas. Para ello propusieron aplicar normas y estándares de las ingenierías tradicionales al proceso de desarrollo del software. Crear software, fabricarlo, no es más que un proceso productivo, y sus productos deben poseer un nivel de calidad similar al que otras ingenierías tradicionales ya han logrado. La aeronáutica o la ingeniería civil son el paradigma a seguir. El compromiso era diáfano, el software superaba una etapa como producto artesanal para convertirse en el resultado de una cadena de montaje industrial. Casi cuarenta años más tarde, subsisten muchos de los problemas detectados en la conferencia de Garmish. Pero también es evidente que la ingeniería del software ha cosechado importantes éxitos durante estas décadas de adaptación y madurez.
Las grandes empresas que fabrican software han asumido la necesidad de implantar metodologías de desarrollo, validación y explotación de aplicaciones informáticas. El fruto de esta actitud ha sido su consolidación en el mercado y una creciente cartera de pedidos. Asumir la ingeniería del software no asegura la pervivencia de una empresa TIC, pero le permite estar en la lucha por el mercado. El software debe superar definitivamente la existencia de técnicos imprescindibles que soportan todo el proceso de fabricación. Sólo las empresas más preparadas son las que subsisten frente a la aparición de iniciativas personalistas.
En algunos casos, el nivel de exigencia es muy elevado. El Departamento de Defensa norteamericano sólo permite que empresas certificadas en un modelo determinado de desarrollo (Capability Maturity Model) puedan presentarse como licitadoras a sus concursos. Sólo las empresas que certifican la madurez de sus procesos productivos son admitidas.
Garmish supuso el inicio de una nueva forma de entender el desarrollo de programas para ordenador, pero sólo la existencia de un medio favorable al desarrollo tecnológico, la formación continua y una apuesta decidida por las nuevas tecnologías han permitido que una iniciativa como ésta se convierta en una realidad en muchas organizaciones. Son éstas las que ahora dominan el mercado mundial.
Las Islas Canarias son un enclave privilegiado. Su situación geográfica, así como sus condiciones medioambientales, climáticas e incluso culturales, hace de esta región un territorio con un elevado nivel de vida y evidentes ventajas para el establecimiento de iniciativas comerciales. Sin embargo, la naturaleza archipielágica de su territorio y la lejanía del resto de España es un escollo para la implantación de industrias con dependencia de materias primas o con necesidad de costosos transportes. En este marco general, las TIC representan un sector especialmente atractivo.
Las Islas Canarias en general y Tenerife en particular tienen en las TIC un aliado perfecto.
Por un lado, superando distancias físicas y permitiendo el intercambio de conocimiento e información prácticamente en tiempo real; por otro, aprovechando las características de un sistema productivo singular en el que el factor crítico es el humano.
La creación de programas para ordenador es un claro ejemplo. No requiere materia prima alguna y, por eso, el impacto ambiental es nulo, mientras que su comercialización puede realizarse desde un punto distante miles de kilómetros del posible comprador. Tenerife debe considerar el sector de las nuevas tecnologías como un sector estratégico.
Si antes comentábamos la necesidad de poseer un clima social adecuado para el uso e implantación de las nuevas tecnologías, es, quizás, en un territorio como el de Tenerife donde esta realidad se hace doblemente trascendental. La necesidad de poseer una infraestructura de telecomunicaciones adecuada, que sea un medio ágil y rápido para el impulso de nuevas iniciativas y no un problema a la transmisión de conocimientos, una masa crítica de profesionales bien preparados, con experiencia e iniciativas, y nuevas generaciones de estudiantes formados y atrevidos en sus propuestas vitales, se presentan como necesidades incontestables para ganar la carrera de las nuevas tecnologías. Las tecnologías de la información y las comunicaciones son el aliado más firme para la mejora del nivel de vida de los ciudadanos de Tenerife.
El Cabildo Insular de Tenerife ha concretado esfuerzos en numerosas iniciativas que tienen un doble efecto. Por un lado, el hecho de disponer de la infraestructura básica para proveer a los trabajadores de los más avanzados adelantos técnicos y, por otro, el fomento de la implantación de novedosas soluciones que favorecen un clima propicio hacia la innovación tecnológica. La consecución de una administración pública insular que sea receptora de nuevos servicios informáticos e impulsora de infraestructura TIC de uso interno y a la vez dinamizadora del sector ha sido una apuesta decidida del Cabildo Insular de Tenerife.
Tenerife, como el resto de sociedades occidentales, debe propiciar el uso de la tecnología y utilizar su capacidad para obtener un mayor nivel de vida de sus ciudadanos. No hay mejor manera de alcanzar ese objetivo que ser parte activa de la comunidad científica y técnica. Las tecnologías de la información y las comunicaciones son un medio para alcanzar mayores niveles de bienestar, pero no obtendremos más bienestar por utilizar más tecnología.
Juan Francisco Hernández Ballesteros
Gerente del Instituto Insular de Informática y Comunicaciones del Cabildo de Tenerife
Excmo. Cabildo Insular de Tenerife