Cabildo de Tenerife

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El pasado que debemos y el futuro que haremos

El pasado que debemos y el futuro que haremos

La renuncia al trono de Juan Carlos I ha sido el último acto de servicio a la democracia. El final de un largo camino que comenzó en el anterior régimen y ha terminado esta misma semana. Y un camino que, como todos los que duran medio siglo, ha tenido numerosas curvas, zonas límpidas y luminosas y otras posiblemente más oscuras. En los últimos tiempos, el Rey ha tenido actuaciones polémicas y desafortunadas. No se puede negar. Y tampoco se puede obviar que la vida pública se ha convertido en un lugar muy peligroso, donde primero se dispara y luego se pregunta. Un lugar en el que, a tenor de la imagen que se ha construido en España, sólo existen quienes en vez de servir a los ciudadanos y a su pueblo sólo se sirven a sí mismos. Nada más falso.

En 1976, un joven rey hablaba en los Estados Unidos de una España joven. De un país libre y plural que tenía que recorrer el largo trecho que le separaba del resto de sus iguales, de los modernos países europeos de los que había permanecido apartado ensimismado en su dictadura política y su autarquía. “La larga y profunda crisis económica que padecemos ha dejado serias cicatrices en el tejido social pero también nos está señalando un camino de futuro cargado de esperanza. Estos difíciles años nos han permitido hacer un balance autocrítico de nuestros errores y de nuestras limitaciones como sociedad”, dijo el Rey en sus palabras de despedida. Y añadió que “hoy merece pasar a la primera línea una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender con determinación las transformaciones y formas que la coyuntura actual está demandando y a afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana”.

Hay mucha grandeza en quien sabe apartarse de un lugar de responsabilidad para dejar paso a sangre nueva. Quienes están allá arriba, en las cumbres del poder, no tienen perspectiva para verse a sí mismos, rodeados como están del vacío o de los vientos de la adulación. Cuando son realmente grandes es cuando se muestran capaces de mirarse en el espejo de sus propias responsabilidades y darse cuenta de que ha llegado el momento de dejar sitio a quienes pueden desempeñar sus funciones con mayor capacidad.

España atraviesa hoy momentos especialmente difíciles. Pero no más duros de los que atravesó en la transición política. En su día, los nacionalistas canarios le pidieron al Rey que no se olvidara de Canarias. Como una peculiaridad del nacionalismo de estas islas, en vez de olvido pedíamos atención. En vez de lejanía pedíamos cercanía. Porque a quienes servimos es a los ciudadanos de las Islas Canarias y para éstos lo más conveniente y necesario era -y es- la pertenencia a un Estado europeo sensible con nuestra situación geográfica, con nuestra insularidad y nuestros peculiares problemas archipielágicos.

Tan sensible como lo fue siempre un Rey que tuvo las puertas de la jefatura del Estado siempre abiertas para Canarias. Respeto a algunos compañeros que son claramente partidarios de un proceso futuro de independencia. Personalmente, como muchos otros militantes del nacionalismo canario, creo que debemos aspirar a mayores techos de autogobierno dentro de nuestro encaje en el Estado español y en la Europa de la Unión, mirando también a nuestra realidad geográfica y las oportunidades y amenazas que nos depara.

El siglo XXI es de la globalización de los mercados, del trabajo, de la libre circulación de ciudadanos, de las telecomunicaciones. Es el siglo de la construcción de los Estados Unidos de Europa. Y es el siglo de Felipe VI. Un joven Rey que tendrá que ilusionar nuevamente a los pueblos de España y liderar un proyecto reformista de la Constitución, de la soberanía nacional y de la cohesión y solidaridad territorial de España. Tiempos nuevos. Cambio y renovación. Es lo que están pidiendo los ciudadanos y lo que nos están exigiendo las circunstancias. Hay que aprovechar y agradecer el trabajo de quienes nos han traído hasta aquí. Y asumir que nos toca a otros continuar ese trabajo. La grandeza de quienes saben hacerse a un lado, una vez cumplido su servicio a la sociedad, es impagable. Ellos son el agua que sale para dejar entrar otra agua nueva. Son los que mueven el agua para que no se quede estancada. Ellos construyeron este presente y otros construirán el futuro. Nadie puede vivir sin ambas cosas.

Carlos Alonso Rodríguez

Presidente del Cabildo de Tenerife

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